La Mujer con el Chaleco Suicida


El le dijo un día que no podía irse a ningún lado sin su compañía… pues era él único que podía quitarle el chaleco que llevaba encima… Ella tuvo miedo pero una voz al fondo de su cabeza le decía: “es mentira”.

“Vete… y en cuestión de días ya no estarás más en este mundo” Sino estoy cerca tuyo, ese chaleco eventualmente explotará.

Ella se vió en el espejo, hacía muchos años que no lo hacía. Lo tenía guardado en uno de esos cuartos de la casa donde nunca iba: ahí estaban el espejo, una maleta y ropa que nunca se puso, libros de viajes, pelucas y disfraces también. Buscó en el chaleco alguna evidencia de su peligrosidad… algun tic tac de una bomba… algún depósito especial con ácido… ¡Es que debía haber algo mortal en él!

Sin saberlo, moría en vida, el miedo de alejarse de él y que el chaleco explotara era más grande que las ganas de vivir y descubrir por su cuenta si estaba o no programada para morir sin saber realmente cuántos días le quedaban.

El insistía… ella resistía. El insistía… ella resistía.

Por las noches ella tenía pesadillas, miraba su cuerpo despedazado en un charco de sangre roja y viscosa… y restos del chaleco por todas partes. Todas las noches era algo similar… pero un día el sueño cambió en un pequeño detalle… al verse a sí misma desparramada en un sin fin de pedazos, se sintió libre y por primera vez no sintió miedo, ni recordó ese sueño como una pesadilla… en el momento en que se vio ahí inerte, totalmente sin vida, se sintió ligera, empezó a flotar y salió volando por encima de todos esos lugares que siempre quiso conocer… el único problema es que le faltaba un cuerpo para poder aterrizar y visitarlos.

Al día siguiente se fue al cuarto, se miró al espejo, tomo la maleta y toda la ropa que nunca se puso y se fue.

Ya no tenía miedo.

Empezó a caminar sin rumbo, disfrutando el momento, la libertad, esa misma sensación de su último sueño, el que le dio el valor, con la diferencia de la suela de sus pies enfrentadas con el camino pedregoso y ardiente por el sol. Cerró los ojos y empezó a sonreir… era una felicidad inmensa que nunca había sentido antes.

Cuando llegó al primer pueblo que se encontró, se sentó en el parque. Tenía sed y hambre. Siempre había cantado a escondidas y al no tener dinero con ella, se dijo: cantaré!! se puso peluca y una bufanda llamativa… se subió en la banca y dejó un sombrero abajo en el piso… y empezó a cantar… ella cantó como su alma lo quiso, sin ponerle mente a la letra ni al idioma mismo… al principio la vergüenza y la pena la hicieron dudar, pero luego perdió ese miedo y se dejó ir.

Con los ojos cerrados cantó hasta que no pudo más…

Al terminar se asombró de ver muchas personas absortas en ella… se acercaron para preguntarle quién era y de dónde venía… y porque vestía un chaleco tan grande… ella se extrañó… no entendía… siempre lo había sentido tallado, tallado en exceso!

Una señora mayor, con un rostro amable se acercó y le dijo al oído: te he estado observando desde el principio… mientras cantabas y estabas con tus ojos cerrados de ti salían uno a uno todos tus miedos… es por eso que ahora el chaleco te queda así de flojo. Ven y te ayudo a quitártelo.

¡Era libre! ¡El chaleco no explotó! No era un chaleco mortal por sí mismo.

Esa noche ella cenó y pudo compartir su historia con quienes querían saberla… y al día siguiente siguió su camino, se fue por el mundo a conocer todo aquello que siempre anheló, vistiendo las ropas que siempre quiso y enfrentando cada miedo antiguo o nuevo que quisiera aprisionarla... y enseñando a otros cómo quitarse sus chalecos. Y fue feliz.

“Que tus miedos no te aprisionen…”


#FICCIÓN

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